Cuando el terremoto en Venezuela te encuentra lejos
Estaba de paseo en Coveñas cuando me enteré. Un mensaje de WhatsApp en el grupo familiar, como siempre. Y en segundos, ese grupo que normalmente habla de cualquier cosa se convirtió en lo único que importaba. Terremoto en Venezuela. 24 de junio. Mi señal iba y venía. Las noticias llegaban a pedazos, mi primo en Caracas no respondía. Pasaron treinta minutos que se sintieron como mucho más, hasta que por fin apareció su nombre en la pantalla. Estaba bien.
Pero Venezuela no.
El 24 de junio, dos terremotos sacudieron el norte del país con apenas 39 segundos de diferencia: el primero de magnitud 7,2, el segundo de 7,5. Los más fuertes que ha vivido Venezuela en más de un siglo. Era día festivo, muchos estaban en la casa, descansando. Y los que vivimos afuera nos enteramos como siempre: por el teléfono, desde lejos, sin poder hacer nada.
Eso es de lo que quiero hablar hoy. No como experta en nada, sino como venezolana que también estaba del otro lado de la pantalla, tratando de entender la magnitud de algo que no podía ver con sus propios ojos.
El teléfono que no pudiste soltar

Cuando confirmé que mi familia estaba bien, pensé que iba a poder respirar, que lo peor había pasado. Pero el teléfono siguió ahí, y yo seguí abriéndolo. No podía no hacerlo. Cada vez que lo intentaba dejar, Venezuela seguía en mi cabeza igual. Y cuando volvía a abrirlo, era peor que la vez anterior. Cada hora traía un video más desgarrador, una cifra más alta, una historia más dura de procesar. Las autoridades elevaron la cifra de muertos a más de 1.400 en los primeros días, y los desaparecidos seguían sumando. Y cada actualización llegaba directamente a mi pantalla, sin filtro, sin pausa.
Reposteaba todo. No porque supiera si servía de algo, sino porque era lo único que podía hacer desde donde estaba. Como una forma de no quedarme quieta. Como si compartir fuera una manera de no abandonar. Eso no es debilidad, es lo que pasa cuando quieres a alguien que está lejos y no puedes llegar hasta ellos.
Si en algún momento lograste soltar el teléfono y seguir con tu día, con tu trabajo, con tu vida, eso tampoco es abandono. Llevamos mucho tiempo aprendiendo a hacer de tripas corazón. Todos los venezolanos en el exterior sabemos lo que es seguir adelante cargando algo que nadie a tu alrededor termina de entender del todo.
La rabia que viene de lejos
Hay algo que los venezolanos en el exterior conocemos muy bien. Es esa frustración que aparece una y otra vez, con la esperanza de que esta vez sea mentira, que sea una exageración, que alguien esté malinterpretando algo y luego lo confirmas. Equipos de rescate internacionales retenidos durante horas, sin explicación. Registros para poder ayudar, que nadie entiende y sistemas que «se caen» justo cuando más se necesitan.
Hoy 29 de junio hay personas buscando a sus seres queridos con las uñas. Desde las zonas afectadas, una de las peticiones más urgentes no es comida ni ropa, sino picos, palas y herramientas para seguir buscando entre los escombros. Porque la respuesta del Estado, como siempre, es insuficiente.
Cuando lo vives UNA VEZ MÁS, llega esa sensación amarga y conocida de «ya ni me sorprende.» Eso, de alguna manera, duele más que la rabia. Porque significa que llevamos demasiado tiempo en esto. Que este no es el primer desastre que enfrentamos sin un Estado que responda. Que el terremoto del 24 de junio llegó a un país que ya venía destruido por dentro, por décadas de un régimen que desmanteló todo: las instituciones, la infraestructura, la esperanza.
Y ojo que esto no lo digo por politizar el dolor ni por señalar desde el resentimiento, las fallas del gobierno son una realidad que nos golpea en la cara. Un terremoto no se puede evitar, ciertamente la naturaleza no tiene ideología. Pero lo que sí es una obligación de cualquier Estado es estar preparado para proteger a su gente, tener protocolos de emergencia, hospitales abastecidos y equipos de rescate con las herramientas necesarias.

Lo que nos aliviana el corazón
En medio de todo, hubo algo que me llenó de orgullo. En menos de 48 horas, el centro de acopio principal de Bogotá colapsó, y tuvieron que pedir que no llevaran más cosas porque no cabía nada más. Adentro del país pasó exactamente lo mismo: cada ciudad se organizó sola, sin esperar a nadie, sin que nadie se los pidiera.
Porque los venezolanos no damos lo que nos sobra, compartimos lo nuestro. Ese «donde comen dos, comen tres» que uno dice de chiquito y cree que es solo un decir, resultó ser verdad. Es la esencia de nuestra gente y verlo confirmarse en el peor momento, cuando el país lleva tanto tiempo golpeado, cuando la crisis nos ha quitado tanto, cuando uno pensaría que ya no queda nada que dar, ahí estaba Venezuela entera demostrando que sí, que siempre hay algo bueno que dar.
El mundo también respondió. Según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, veinticinco equipos internacionales de búsqueda, rescate y atención médica integrados por más de mil especialistas se desplegaron en Venezuela, y la ONU liberó 15 millones de dólares de emergencia para respaldar la respuesta. Pero antes de que llegara cualquier avión, el pueblo venezolano ya estaba en la calle. Eso no se improvisa, eso es carácter, y es lo más bonito que tiene mi país.
Comunicar desde el corazón (y con responsabilidad)
Escribir esto hoy es mi forma de no quedarme quieta, de usar mis plataformas para abrazar a los que están lejos y sienten lo mismo que yo. Como creadora, pero sobre todo como venezolana, siento la profunda necesidad de compartir lo que pasa, de ponerle palabras a este dolor colectivo de una manera humana, amable y directa, sin tecnicismos ni filtros fríos.
Pero esa misma necesidad me obliga a recordar lo importante que es compartir con consciencia y responsabilidad. En momentos de caos, cada publicación, cada historia y cada mensaje que difundimos tiene un impacto real. Informar con empatía y verificar lo que replicamos también es una forma de cuidar a los nuestros y de honrar la solidaridad que nos define.
También quiero tomarme un espacio para agradecer profundamente a todos esos creadores de contenido que han dejado a un lado las métricas y el miedo a que el algoritmo los castigue. A los que han decidido usar su voz y sus pantallas de forma activa para mantener a Venezuela en la agenda del mundo.
Gracias por cada historia, cada video verificado y cada gesto de solidaridad. Por primera vez en mucho tiempo, quienes estamos lejos sentimos que el dolor de nuestro país no ocurre en el olvido; esta vez, Venezuela no se siente sola.
Cómo ayudar a Venezuela tras los terremotos del 24 de junio
Cuando la primera ola de la emergencia pasa, empieza el verdadero reto: sostener a la gente en el mediano plazo mientras intentan levantar sus casas y sus vidas. Si estás afuera y quieres aportar un granito de arena, aquí tienes los canales directos, independientes y confiables para hacerlo:
Guía centralizada de recursos y apoyo
Como la información es inmensa y cambia rápido, la creadora @gabbacosta preparó una publicación excelente que centraliza de forma transparente los lugares e instituciones específicas donde puedes acudir o reportar según la necesidad.
Revisa la guía completa en Instagram aquí
En su publicación vas a encontrar los contactos y puntos clave organizados para:
- Donaciones monetarias alternativas.
- Ayuda específica para niños y poblaciones vulnerables.
- Búsqueda de desaparecidos (canales de reporte y rastreo).
- Comida y centros de acopio para alimentos no perecederos.
- Salud y medicina (insumos médicos y primeros auxilios).
- Animales (rescate y alimento para mascotas afectadas).
Por último, te invito a revisar activamente tus propias redes sociales y prestar atención a esas personas que ya sigues y que están difundiendo información sobre Venezuela de forma honesta y comprometida. Recuerda siempre verificar las fuentes por tu cuenta antes de compartir o hacer una donación; tomarnos ese minuto para confirmar es lo que realmente garantiza que la ayuda esquive la burocracia y llegue directo a las manos de quienes más lo necesitan en este momento.

Cuidar de ti también es cuidar de los tuyos
Vivir una tragedia como esta desde la distancia pasa una factura enorme que no siempre se ve, pero se siente en el cuerpo. Pasarte los días con el corazón en la boca, el insomnio que no te deja descansar o esa punzada en el pecho que aparece cuando intentas seguir con tu rutina viviendo en otro país es completamente normal. Se llama dolor colectivo y a veces, viene acompañado de una culpa silenciosa por estar a salvo mientras allá todo se cae.
Para sostener a los que amas, primero tienes que sostenerte tú. Aquí te dejo algunas ideas sencillas para cuidar de ti en medio de los días difíciles:
Estar bien tú es la única forma de tener la fuerza y la claridad para poder ayudarlos a ellos mañana.
No estás solo
Te hablo a ti, venezolano en el exterior, que estás frustrado, triste, desolado. No estás solo. No eres el único que siente confusión en estos momentos, no eres el único que siente culpa. No eres mala persona por haber seguido con tu vida estos días, por haber sonreído un rato, por haberte distraído. Solo tú sabes el peso del dolor al que los venezolanos estamos acostumbrados a cargar en silencio, para seguir en el mundo como si nada. Lamentablemente, eso lo conocemos bien.
Lo que sí te pido es que alimentes lo bonito de tu corazón. Que sigas haciendo lo que te aliviana, lo que te conecta, lo que te recuerda por qué este país vale tanto a pesar de todo. Seguir adelante no es abandonar a Venezuela, es lo único que nos queda y lo que siempre hemos hecho.
Yo también he sentido el dolor colectivo estos días, y escribir esto es mi forma de no quedarme quieta. Te quiero y te acompaño.